No imagino ciudad más fascinante ahora en Europa que Berlín. Después de haber sido una de las ciudades más activas y descollantes a principios del siglo XX, fue luego destruida en la II Guerra Mundial y después fracturada, rota, avasallada, humillada y cercada por un oprobioso muro que es ya memoria, pero del que quedan en la ciudad ostensibles huellas en forma de recordatorio y, yo diría, en forma de herida no cicatrizada del todo. Aún quedan solares vacíos en lugares insospechadamente céntricos que recuerdan que no lejos de allí pasaba el muro y que hacen que el caminante piense en lejanos escenarios de temible dolor que la imaginación desea reinventar (la fabulación solitaria juega porque sabe que la pesadilla real ya ha concluido).Pero -en apariencia al menos- Berlín invita hoy, de hecho, a recrearse en una ciudad nueva que parece haber superado limpiamente los horrores del pasado.
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