Si un milanés te pregunta qué te parece su ciudad, suele hacerlo con cierta aprensión, temiendo que la compares con Roma, Venecia o Florencia. Gran parte de los turistas que visitan Milán llegan de paso y la despachan en un día, como si después de hacer unas compras y dar un breve paseo por el centro se vieran impelidos a salir corriendo. Incluso los propios milaneses parecen dar la razón a esos turistas cuando se escapan casi todos los fines de semana a la montaña, a los lagos Maggiore y Como, o hacia el mar, a la Liguria. Pero Milán, triste y elegante, rica y burguesa, semejante en su disposición a una tela de araña cuyos hilos son las finanzas, el comercio, la moda, el diseño y la industria, es una ciudad viva y terriblemente atractiva.
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