Barcelona sigue por delante en diseño hotelero. Sea con la inminente apertura del Mandarin Oriental, obra superlativa del arquitecto Carlos Ferrater, o con la simple adaptación de un inmueble residencial en el anonimato del Eixample como es el llamado 987, propiedad de una minicadena hotelera que posee otro establecimiento de similares características en el centro histórico de Praga. Nada advierte que detrás de su fachada noucentista existe un hotel con alma cool. Algo se vislumbra desde los ventanales arcados del ras de calle, pero con mucho disimulo.
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