FRENTE A la Sinagoga Española de Praga, en un cuidado jardín, hay un conjunto escultórico de gran impacto visual. Una doble estatua. Por un lado, un hombre de talla menuda, con traje ajado y sombrero: Franz Kafka. Por otro, una figura que lo lleva sobre su espalda lo triplica en volumen y es una masa amorfa con un gran hueco, como si hubiese sufrido una metamorfosis. Ante ellas me fotografié ese fin de semana en que viajé a Praga como ganador del concurso de la Colección Clásicos de la Literatura de EL PAÍS para tener un recuerdo de la ciudad y de su más conocido personaje.
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