Vivimos tiempos en los que triunfa la literatura sobre escritores y otras formas de fetichismo. Por ejemplo, Arthur Rimbaud talló su apellido en una columna de un templo de Luxor, lo descubrió Jean Cocteau en 1949 y ahora ese gesto de vandalismo es objeto de peregrinaciones. Tiempos en los que todo, incluso lo más moderno, se vuelve enseguida recuerdo; en los que las palabras viajan a velocidades extraordinarias y, sin embargo, seguimos leyendo igual que hace 3.000 años, signo tras signo.
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