De la misma manera que el gran arquitecto Thorwaldsen, en su lecho de muerte, ordenó que en su tumba no se inscribiese la fecha de su nacimiento biológico, sino la de su llegada a Roma, el casi adolescente Rilke, que llega a Florencia en abril de 1898 proveniente de Venecia, se siente nacido (renacido) espiritualmente en la nostalgia de la ciudad.Es emocionante leer en sus diarios el primer paseo: "La primera tarde fue memorable. Pese a la fatiga de las muchas horas de viaje, salí de mi hotel a callejear, encontré la Piazza de Vittorio Emmanuele y fui a parar, por puro azar, a la Piazza della Signoria".
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