Llovía cuando llegué a San Pedro de Atacama un día de finales de agosto. Llovía de forma persistente y el agua formaba improvisados arroyos que zigzagueaban por medio del camino en medio del gozo de la chiquillería. El viaje en autobús había sido demasiado largo -más de veinte horas desde Santiago de Chile-, me notaba el cuerpo baqueteado y me sentía desconcertado ante la presencia de la lluvia. Ya es mala suerte, pensé, que se ponga a llover en el lugar más seco de la Tierra justo cuando llego.
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