EL PAISAJE estaba difuminado por las sombras. Espectros agitaban sus brazos cediendo ante la brisa que subía desde el Nilo. Ante nosotros, una inmensa bola de fuego ascendía por una de las aristas de la pirámide de Keops. El cielo, de un brillante anaranjado, estaba aún bajo el influjo de las sombras, que, ante las escalonadas pirámides, se batían en retirada. Un nuevo amanecer iba descubriendo la eterna guardiana.
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