Fue una suerte que aquel labriego de Zalamea se llevara bien con el maestro del pueblo. El hombre empezó a destripar un montículo de su propiedad, con encinas centenarias. Y empezaron a aflorar añicos de cerámica y muretes de piedra. El maestro, que había ido guardando los hallazgos, alertó a la autoridad competente y el 25 de octubre de 1978 se iniciaron las excavaciones arqueológicas. Desbrozado el teso, aparecía un complejo edificio de planta cuadrada, rodeado por un foso y en el que eran evidentes tres etapas constructivas: la primera, del siglo VI antes de Cristo, con muros de adobe sobre una base de mampostería; una segunda fase se llevó a cabo entre 500 y 450 antes de Cristo, y una tercera, entre 450 y 375 antes de Cristo.
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