El día que Elia Albert echó el cerrojo a su farmacia para abrir un hotel con encanto en Altea sintió que emprendía un viaje iniciático hacia la hospitalidad. Desconocía los gajes del oficio, pero su voluntad la llevó a explorar todos los vericuetos en la puesta en marcha de un negocio basado en el atrevimiento arquitectónico, la excelencia en el servicio y una confianza plena en el buen ambiente turístico de esta localidad alicantina. En el trazado irregular de las calles de Altea y junto a sus apacibles rincones, La Serena invita al relajo de una noche de verano con aroma mediterráneo.Por esta razón, el acceso al hotel resulta algo complicado, un engorro, si no fuera porque la previsora Elia ha acertado en encajar en los bajos del edificio un garaje para olvidarse del coche durante la estancia.
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