Se cumple ahora algo más de un lustro desde que el cocinero Miguel Palma montase un modelo de negocio que rompería moldes en Málaga. Un restaurante situado en un noble caserón de principios del siglo pasado, donde, con un particular sentido estético, ha sabido fusionar lo rústico con el diseño superponiendo recetas populares a conceptos de vanguardia. Desde entonces y por efecto de suaves retoques, su vistoso local ha ido ganando. Entre sus últimas incorporaciones figura el nuevo oyster bar (sólo para ostras y champán).
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