Erase un virtuoso caballero de los de alcuza llena y gabán caído cuya vida se extinguía víctima de una enfermedad incurable. Galenos, curanderos y santones se afanaban inútilmente en aliviarle con sus lenitivos, hasta que un día se presentó una bellida dama en el alminar con una rosa en la mano. El olor de sus pétalos sanó al paciente, pero la doncella murió al poco. Desolado, el caballero enfermó de nuevo.
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