La luz impenitente del verano hace saltar por los aires el carácter introvertido, casi budista, de Estocolmo. Los días se ensanchan hasta casi negarse a oscurecer y la vida bulle en las terrazas, los parques y los canales que bañan esta ciudad erigida sobre catorce islas, donde el Báltico se junta con el lago Mälaren. Sus tiendas, sus restaurantes y, sobre todo, su paisaje humano se convierten en un laboratorio para los estudios de mercado.Hace tiempo que la ciudad se desvive por asumir hábitos continentales y por integrar la riqueza cultural de sus emigrantes y por deshacerse de sus tópicos.
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