Lo primero que pregunta un peruano cuando algún compatriota regresa del extranjero es: ¿qué tal has comido? La respuesta casi nunca es entusiasta, o al menos no en comparación con la comida autóctona. Y es que la relación que mantienen los peruanos con su riquísima y variada comida está llena de fervor, orgullo y nostalgia, tres elementos que otorgan el condimento necesario para ennoblecer la apabullante cantidad de platos que, desde los confines agrestes de los Andes hasta la calidez indolente de la costa, han ido constituyendo una de las cocinas más complejas y diversas del mundo.Lima, ciudad cosmopolita y sensual, intensamente dada al placer y al exceso, ha estado siempre alerta para recibir toda clase de sazones y hervores: desde las traídas de sus pueblos andinos hasta la que llevaron italianos, chinos y japoneses, integrándolas rápidamente a sus propios y esmerados fogones, y todo ello sin renunciar a la cocina europea que ha poblado el imaginario bon vivant de una ciudad que siempre fue la niña mimada de la Corona española y miró con codicia el refinamiento europeo.
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