Todavía estaban abiertas las heridas dejadas por el huracán Gustav cuando aterrizamos en Santiago de Cuba. La ciudad, coronada por el cuartel Moncada, emblema del movimiento revolucionario, y la Casa de la Trova, con ventanas y puertas abiertas a la calle donde los artistas interpretan música tradicional, mostraba una mezcla de animación y alerta. La playa de Santa Lucía, un paraíso de postal, sufriría en menos de 24 horas el embate de un mar enfurecido que predecía al siguiente en la lista: el huracán Ike. Aquel entorno poco después quedaría literalmente barrido y anegado.
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