Así se llama porque su propietario, Juan José Gimeno, quedó prendado de la portuguesa Silvia da Silva entre los cerezos de la Vall de Gallinera, y de aquel amor surgió el arrebato matrimonial de la hospitalidad. Hay que caer por la calleja del Trinquet, en Beniali, para recordar ese olor a níspero y a picota dulce. Detenerse ante el vetusto caserón encalado de blanco y ocre que anuncia con sutilezas de olivo y azahar el hospedaje.
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