Sin duda, la mejor y más espectacular entrada a Palermo es la del Duomo de Monreale, en el alto de la Conca d'Oro. Fulgor y misión, oro y mosaico, aquí vivieron y murieron silenciosamente los mejores maestros del mosaico de los siglos XII y XIII para convertir este monasterio benedictino en el epítome del arte árabe-normando. Lo bello, explica Rilke, "no es más que el comienzo de lo terrible, ese grado que todavía podemos soportar", y no hay color más cercano al de la sangre, nos enseña Palermo, que el color del oro. La belleza, como la muerte, sólo puede ser, o ridícula, o majestuosa; Monreale habla de esa muerte majestuosa, de esa gran ascensión dorada del Pantocrátor, pero a unos cientos de metros, en la vía Cappuccini, se esconde esa muerte sinuosa y mundana de la cripta de los capuchinos.
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