La costa de Murcia es la que tiene menos kilómetros construidos (o destruidos, según se mire) de todo el Levante español: un 13,6%, casi la tercera parte que la valenciana o que la catalana. Pero también es, por eso mismo, la que más peligro corre de caer en las garras de los que hacen negocio enladrillando paraísos. Así es la Costa Cálida, un rosario de 274 kilómetros donde se ensarta lo mejor y lo peor del litoral mediterráneo, lo más virgen y lo más prostituido, sin término medio. Esta bipolaridad de la costa murciana se aprecia perfectamente desde el cabo de Palos: a un lado quedan el Mar Menor y su Manga de 18 kilómetros, antes de arena, ahora de ladrillo y hormigón armado, donde las grúas siguen trabajando como si la posible subida del nivel de las aguas por efecto del cambio climático no fuese con ellas; al otro, las playas vírgenes, los acantilados de pizarra y los montes del parque regional de Calblanque, los dominios del araar, un arbolillo que, si pudiese caminar, se iría a África, donde están la mayoría de sus congéneres, pero como no puede, se queda en Calblanque, que es lo más similar.
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