El olfato se divide entre comida e incienso. La vista, entre tiendas y templos budistas. El oído se distrae con el tráfico de bocinas y el zumbido del tren aéreo. Megalópolis de ocho millones de habitantes (el Gran Bangkok llega incluso a casi 12 millones), la capital de Tailandia, puerta de entrada para descubrir el país asiático, sigue plantando rascacielos en un suelo lleno de vida, mercadeo y guiños a Occidente. La llaman Ciudad de Ángeles, resumen escueto de su nombre ceremonial que consta de 137 signos tailandeses (169 en la transcripción occidental) que evocan belleza, joyas y dioses. Pero Bangkok esconde un encanto muy terrenal.
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