Caminar en Edimburgo bajo la lluvia, cuando el cielo se abre de pronto y brillan los adoquines de granito, es una rara experiencia, de las que permanecen largo tiempo en la retina y en las piernas. En la retina, por los tonos que la lluvia arranca a los colores; en las piernas, por las muchas pendientes. El recién llegado se ve rodeado por sensaciones opuestas: extrañeza y familiaridad, entusiasmo y nostalgia, la conciencia informe del ahora y el deseo hambriento del pasado.Descendiendo por las anchas calles paralelas que desembocan en Princess Street, todas ellas presididas por una estatua en bronce de algún personaje ilustre, uno se encuentra con el verde increíble de un paisaje que parece soñado: el castillo colgado de la colina que fija un pasado de furor y defensa, el tiempo de los corazones ardientes (bravehearts) que lucharon ¿para qué?, uno se pregunta, pues en Escocia siguen empeñados en alzar el muro que les separa del vecino inglés.
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