El avión se aproxima en medio de la noche al aeropuerto internacional José Martí. La ciudad (2,2 millones de habitantes), más que emitir luz, la absorbe. "Cosas del plan de ahorro de energía", aclara Vladimir mientras organiza las maletas. El autobús carga a treinta turistas (dos millones visitan la isla al año) y parte hacia el complejo hotelero Neptuno-Tritón, dos torres de 22 pisos que se yerguen en el barrio residencial de Miramar frente a la mole de la Embajada rusa. Con el aire oliendo a hierbabuena y agua estancada, comienza una semana de intenso sabor cubano.
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