En San Francisco algunas veces me quedaba escudriñando el aire para ver si yo también percibía ese polvo de oro que según alguno de sus muchos pintores lo ilumina. Seguramente algún reflejo dorado ha debido de permanecer en su atmósfera o en nuestros sueños desde aquellos remotos tiempos, allá por 1850, en que la ciudad comenzó a levantarse sobre una quimera, una aventura, esa locura entre real y fantástica que tira de los hombres y les hace cruzar océanos y conocer mundo, y, sobre todo, les hace arriesgarse a fracasar. En este caso, el reclamo era el oro, un oro del que sólo habían oído hablar, un oro lejano y sin dueño y cuyo vestigio pervive pegado a algunos nombres como Golden Gate Bridge o Golden Gate Park. Los futuros mineros llegaban por miles de todo el mundo, se instalaban en tiendas o en barracones y empezaban a buscar y a vivir a la desesperada o sin control, hasta que los filones auríferos se agotaron y muchos se marcharon.
Categories:
0 comments
Do you want to comment? Sign up or Sign in